Flores del pasado.
En verano llegan las vacaciones, es cuando solemos viajar, actualmente se ha puesto muy de moda hacerlo a países exóticos, los amigos nos explican después un viaje mágico, de esos que no se olvidan nunca, esto me ha hecho pensar en costumbres que hemos perdido, actualmente vivo en Cataluña y no se si aquí en antaño, habían costumbres iguales a las de mi querida Andalucía.
Cuando yo aún era muy pequeña recuerdo las casas típicas de mi tierra, sus hermosos patios interiores con fuentes y flores alrededor para dar frescor a las altas temperaturas, entre las muchas flores que podemos encontrar en macetas o arriates predomina el verde, también las flores que dan mucho colorido entre ellas, la flor de la jara, el geranio, las pilistras, los potos, el jazmín, la dama de noche, las cintas, la flor del dinero, árboles frutales como son el limoneros o naranjos que suelen ser luneros, de esos que dan el fruto durante todo el año, esos árboles siempre tienen azahar, sobre todo cuando llega la primavera e inunda el lugar con su característico olor. Son patios con sabor y anclaje al pasado, inconfundiblemente Árabe que en Andalucía quedó impregnada, tanto en sus formas de construir y en hacer jardines donde corre el agua.
Toda la casa funciona alrededor de los patios, por la mañana entran las primeras claridades del día, con el peculiar sonido del cantar de las golondrinas revoloteando para dar de comer a sus crías, el murmullo en ellos es un lento renacer de todos los habitantes de la casa. Al medio día se respira el olor de las plantas recién regadas, la casa se viste de silencio, ya que están con la somnolencia de la siesta, la tarde cuando por fin entra la fresca, la serenidad y el deseado descanso de otro día de bochorno. Las noches donde el calor es agobiante dentro de las casas, se sale en busca del fresquito observando las estrellas, dejando volar la imaginación con parajes muy lejanos, con ese olor inconfundible incluso empalagoso de la dama de noche, que inunda todos los rincones de las estancias, percibiéndose un halo especial que casi se puede coger con las manos.
En esas casas construidas alrededor de los patios están sus mujeres, esas que antiguamente se ponían una moña de jazmines para perfumarse los cabellos siempre sin perder de vista sus abanicos, nunca olvidaban llevarlos encima, para darse aire fresco, el característico sonido que hacen, al no parar de abrirlos y cerrarlos, que denota la gran incomodidad que da, soportar el calor.
Cuando empezaba a refrescar, las mujeres de la casa se reunían sentadas en sillas, unas cosían y remendaban la ropa vieja, las mas jóvenes entre charlas y risas en tertulias de amigas, estaban más pendientes, de si pasaba un buen mozo divisándolos por las rejas abiertas de la cancela del zaguán, chicas que soñaban en las noches mágicas de verano, con fantasías en parajes perdidos, imaginaban ser las protagonistas de la película que vieron la noche anterior, en los antiguos cines de verano, llevando en el pelo su moña de jazmines y esperando que algún zagalete les ofrecieran un paquete de pipas o altramuces, con la simple intención de retrasar la hora nona para aprovechar el rocío de la noche.
A ellos les gustaba el leve erotismo que rezumaban las chicas con sus flores brotando por los cabellos, esos gestos casi imperceptibles que al mover sus cabelleras desprendían, olor a jazmines, que a ellas tanto les gustaban ponerse, sin ser del todo conscientes de la carga erótica que contenía el simple hecho de llevar una flor en el pelo.
Hoy las mujeres de esas casas nos hemos modernizado, perdiendo el encanto de ponernos flores en el pelo, el recolectar jazmines en las primeras horas de la mañana, para que durante el día guardasen todo su aroma y frescor, algunos ramilletes servían para ponérselos en el cabello, otros para que perfumasen algún que otro rincón de la casa.
Las casas siguen teniendo su propio perfume, ese aroma a patio Andaluz, pero nosotras hemos ido perdiendo ese encanto de tiempos pasados. Aunque en sus patios se extienda el aroma azahar, las Andaluzas hemos olvidado el aroma de la flor, el leve erotismo de ser las que éramos y que no supimos retener por las prisas de los tiempos modernos, esas costumbres que tantas fantasías hacen correr en los chicos. Nos modernizamos y empezamos a ser mujeres libres, a cambio perdimos el encanto de la frescura, el de nuestras costumbres, el de nuestras abuelas. Quizás esa frescura la tengamos dentro de cada una de nosotras, el problema es saber como recuperar todas esas cosas que dejamos ir, sin perder lo que actualmente tenemos, cosa difícil porque en esta vida todo tiene una moneda, alto coste fue perder nuestra cultura del acicalamiento.
Si queremos ver a una Andaluza con flores en el pelo, tendríamos que ir a la feria para poder admirarlas vestidas de gitanas, cuando antaño era una costumbre tan arraigada en nuestro pueblo Andaluz. Tendremos que viajar a otros parajes lejanos y recónditos en medio de la naturaleza, ese exotismo es lo que buscan, sorprenden y enamoran a los hombres, viendo en los mares del Sur el encanto salvaje, que aún hoy cultivan las Tahitianas, aromatizándose sus cabellos, con la flor del Tiare, en otros lugares del mundo se adornan con la flor de la canela, otros con la flor del loto, un simple gesto pero que sirve para que en esos parajes les produzca tanta desazón e incluso perplejidad que los lleva a juguetear con sus fantasías juveniles.
Para mi, lo que les sorprende de esas chicas no es la belleza extraordinaria que puedan tener, si no su frescura, ingenuidad y candidez, el leve erotismo que es el llevar algo de frescor natural y sencillo revoloteando en los cabellos. Hace tiempo emprendimos un viaje al futuro en el cual perdimos la costumbre de acicalarnos con la naturaleza, da igual que sea, la flor del Tiare, el Azahar, las flores del Jazmín, el Loto o la aromática flor de la canela, todas tienen un mismo fin, poder dar fantasía, olor e ingenuidad, para poder recuperar las costumbres de nuestras abuelas, lo que un día fuimos.
Autora: Purificación Ríos Torres.
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