A veces el olvido puede ser peor castigo que cualquier otro tormento, incluso peor que la muerte. Este relato trata de alguien que no puede recordar, pero no debemos olvidar, que tan malo como olvidar o pero aun es ser olvidado...
27 de noviembre de 2005
Querido Diario:
Hoy he abandonado las sábanas mecida entre la confusión. He caminado hasta el espejo esperando encontrar alguna respuesta entre los amargos renglones de la realidad, pero ésta, despiadada, ha caído sobre mí golpeándome el pecho con la misma fuerza con la que un martillo forja una espada. No he sido capaz de reconocer a la persona que, asombrada, me miraba con expresión incrédula desde el otro lado del cristal. He palpado con los dedos de esa extraña cada resquicio de este cuerpo en el que me he visto atrapada.
Pasados unos minutos, la angustia ha comenzado a recorrer mi nerviosa piel como un gélido hálito repleto de desesperación. He notado una fuerte presión en el pecho y la sangre hirviendo subiendo por mi cabeza. Conmocionada, he perdido el equilibrio y me he desplomado en el suelo, entre la cama de un extraño y la mesita de noche de un desconocido. Cuando, con intención de levantarme, he apoyado las manos sobre la mesita, has aparecido entre mis dedos.
He observado tu porte, simple pero bello, con bordes dorados y una clara portada que me inspiraba, por motivos desconocidos, una agradable sensación de tranquilidad. En el centro tenías bordada la palabra “Diario” y tras un efímero momento de duda, te he abierto con decisión dispuesta a descubrir entre tus palabras las respuestas que el espejo no ha querido darme. Pero tus palabras estaban vacías. Palabras que relataban historias carentes de significado. Tras leer algunos de tus relatos con detenimiento, he pasado a inspeccionar tus entrañas sin fijarme en nada en particular, buscando alguna pista sobre tu dueño o algo que aclarase mi situación. De pronto, mi vista se ha parado en una de tus finas páginas, más amarillenta y magullada que el resto. En ella podían apreciarse palabras sueltas, repetidas y escritas entre tachones de furia y grandes manchas de tinta. He tardado poco en entenderlo. Fuera quien fuese la persona que había escrito aquellos garabatos, tenía mi mismo problema, había leído el mismo diario y había escrito en él aquellas palabras dispuesta a averiguar si era su vida la que allí se relataba. La pulcra y delicada letra de esos garabatos no solo era similar a la del resto del diario, era idéntica. Los mismos rasgos, la misma fuerza, los mismos detalles insignificantes, en definitiva la misma caligrafía. Impaciente, he cogido un bolígrafo y he repetido las palabras escritas en esa inquietante y siniestra página. La misma letra, igual de pulcra, igual de adulta e incluso, a pesar de los nervios que invadían mi cuerpo haciendo temblar el bolígrafo, igual de decidida. Sin duda eran mis palabras, mi letra, mi diario, mi historia…
Lo que he sentido en aquel momento, no puedo explicarlo con palabras. Agonía y alivio, tranquilidad y desesperación. Había descubierto la verdad pero ¿A que precio? ¿Había merecido la pena? Sabía que aquel era mi cuarto y aquella mi casa, sabía que la persona que me miraba con incredulidad desde el espejo era yo. Estaba llena. Llena de dudas, preguntas y respuestas imposibles de asimilar y, sin embargo, nunca me había sentido tan vacía.
Tenía que salir de aquel lugar. He abierto el armario y he vestido mi cuerpo desnudo con las primeras ropas que he encontrado. He salido de aquella habitación, tratando de dejar atrás aquel mundo de dudas, pero no se puede parar el soplo del viento ni las olas del mar, cada paso que daba me acercaba a nuevas preguntas que no podía responder. He bajado las escaleras que se encontraban a escasos metros del umbral que acababa de atravesar y he escuchado una tenue voz. Me he acercado poco a poco al lugar del que provenía, sigilosa, atenta, igual que una pantera acechando a su presa. La voz me ha llevado hasta un amplio salón y me he dado cuenta de que la voz provenía de un televisor que relataba las noticias y por supuesto, había alguien que lo escuchaba. En ese momento un escalofrío ha recorrido mi cuerpo. No había dado cabida a la posibilidad de que hubiese alguien más en esa casa. Con un torpe movimiento me he echado hacia atrás y he tropezado con un jarrón que al mismo tiempo se ha hecho añicos al caer al suelo. El intenso ruido provocado por el accidente, ha hecho que la persona, que hasta aquel momento no se había inmutado de mi presencia, se vuelva. Me he quedado inmóvil y he notado como mi piel palidecía segundo tras segundo. Los ojos de aquella mujer de unos veinte años de edad se han clavado en mí con tal fuerza que casi podía sentirlos.
Aunque, en un principio, he pensado que se trataba de una extraña, no he tardado en cambiar de opinión. Su rostro, que al principio parecía sorprendido e incluso temeroso, se había tornado dócil y denotaba un intenso cariño. Durante varios segundos, su cálida sonrisa me ha invadido, relajando un poco mis sentidos, pero esa paz efímera se ha desvanecido en el poco tiempo que dura una frase: “Hola mamá ¿Qué tal te encuentras?”
En parte, hubiese deseado no creerla, no tener que enfrentarme a aquella embriagadora realidad, pero aquella joven era tan similar a la mujer que minutos antes había visto reflejada en el espejo que resultaba imposible negar la evidencia.
Me ha pedido que me sentara junto a ella con la promesa de revelarme la verdad y aunque yo no sabía si estaba o no preparada para escucharla, no he tenido más remedio que ponerme en sus manos empujada por la duda. Esa muchacha hablaba con una madurez sorprendente teniendo en cuenta la edad que aparentaba. Su rostro, a pesar de la juventud, denotaba cansancio, como si hubiera pasado por varias décadas. Me ha explicado una historia que parecía sacada de una novela dramática, realmente increíble. No quería hacerlo querido Diario, pero entre palabras como “accidente”, “coma” y “amnesia”, me ha sido imposible contener el mar de lágrimas en el que me estaba ahogando.
Esa chica… mi hija… lleva meses cuidando de mí. Siento he echado a perder su juventud. Ella, sonriendo con dulzura, no ha parado de decirme que lo único importante era que yo estaba viva y que merecía la pena seguir luchando, pero su expresión estaba azotada por duros días de esfuerzo sin recompensa.
Parece ser que cada poco tiempo mi mente se reinicia, haciéndome olvidar todo cuanto he vivido y todos a quienes he conocido. No sé quien soy. Pero ya no más, querido Diario, a partir de ahora está será mi vida, mañana me despertaré y aprovecharé cada minuto como si fuese el último, pasaré el día con mi hija y con quienes debieran ser importantes para mí. A partir de este momento, no volveré a olvidar quien soy nunca más. Lo Juro.
28 de Noviembre de 2005
Querido Diario:
Hoy he abandonado las sábanas mecida entre la confusión…
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