(Especial para Norte, por Mario Ojeda desde Granada, España).
Escribí alguna vez que Internet puede ser una forma maravillosa de comunicarse. Es cierto. También puede ser un camino directo hacia la puta nada: pura mierda, en suma. Como todas las cosas, todo depende de cómo uno las utilice. Tengo varios amigos a la distancia, por ejemplo, que durante mucho tiempo se resistieron incluso a tener una mísera dirección de correo electrónico. “Ábranse una casilla así al menos estamos mas conectados”, era mi humilde argumento. Pues bien: ahora son los primeros en saturarme la casilla con cadenas de mensajes, chistes imbéciles, fotos porno o aburridos cuentos verdes: demás está decir que la mayoría de las veces, simplemente elimino esos mensajes. Ahora que lo pienso mejor, debe ser en represalia a las fotos que les envío de mis conciertos: justa venganza, en suma.
Lo malo de la realidad virtual, me parece, es que uno termina acostumbrándose a estar absolutamente sólo frente a la pantalla del monitor (cosa muy práctica algunas veces), pero muchas otras (la mayoría), uno termina encerrado en una burbuja aislada, de la cual no puede salir. Ojo, a los músicos (y a cualquiera que trabaje con un ordenador, supongo), nos suele ocurrir bastante seguido eso de no levantarnos de la silla ni para hacer pis, con todos los inconvenientes que esto acarrea, hasta que no tengamos definido, al menos, la canción que estamos grabando. O los arquitectos el boceto iniciado, supongo. Pero bueno, son los tiempos que nos toca vivir.
Insisto: no quisiera caer en la crítica pelotuda porque sí. Insisto: me sigue pareciendo una forma de comunicación maravillosa, y hasta me atrevería decir, a veces sencillamente mágica. ¿Cómo explicamos sino de eso de estar hablando por un auricular, como si fuera un teléfono, y al mismo tiempo estar viendo la cara de nuestro colega en la pantalla del ordenador? Bueh, ni hablemos cuando es “colega” en femenino, ¡y la chica en cuestión se levanta la remera sin dejar de sonreír, por ejemplo!
Pero sobre todo eso de poder compartir información, o archivos mp3, música, con gente que está a miles de kilómetros de distancia. Poder grabar una batería en Ámsterdam, por ejemplo, los bajos de la misma canción en Eldorado, Misiones; luego que un amigo de Australia ponga unas guitarras o un piano, por ejemplo; yo las cante en Granada, y que otro colega agregue cuerdas en Italia: ciencia ficción, no me jodan.
Y así las cosas, siempre hay mucho para mejorar y crecer. En el fondo, no somos más que náufragos buscando un poco de cariño. Creo que por esa razón alguna gente escribimos canciones. Otros pintan cuadros, otros tallan la madera, y demás etcéteras: sí, será para expresarnos, más bien. Pero en el fondo, creo, humildemente, lo que buscamos es que nos digan: ¡que lindo eso que hiciste!
Y sí se puede ganar chicas con eso, mejor, ¡que joder! Bueno, o chicos también, lo que se quiera ganar, bah. Y algunos hasta ganan dinero, mire Ud. Eso sí, creo que entender el arte como un mero atajo hacia algo, mas tarde o mas temprano, sólo debe dejar una gran cuota de frustración. Quiero decir, uno hace arte porque necesita hacerlo parar vivir, para sentirse vivo. No hay mucha mas explicación que esa. Porque, supongamos, si uno empieza en esta historia de la música, con la idea de hacerse famoso y millonario en, digamos, cinco años, y después las cosas no salen así, ¿qué ocurre? Demasiados casos conozco de gente frustrada o a punto de estarlo a los 28, 30 años como para recomendarle a alguien que se dedique a esto. En fin: filosofía barata y zapatos de goma, ya que estamos.
Hasta la próxima.
© Mario Ojeda, Granada, 31/10/2006
|