(Especial para NORTE, por Mario Ojeda desde Granada, España).
¿Dónde está la gracia de escribir crónicas sobre el oficio de trovador? Justamente allí. Creo sinceramente que alguien debe hacerlo y, visto y considerando que no parece haber demasiada gente interesada, pues lo hago yo mismo.
En primer lugar, quisiera poner algo en claro: tiene, para mí, la misma importancia el humilde zapatero que el trovador. O sea, ambos son oficios, aunque si el azar y una larga lista de causas incidentes lo permite, quizás el cantautor, el trovador, pueda lograr una mayor repercusión mediática, y esto mismo pueda influir en beneficio de su cuenta bancaria. Pero parto de que en esencia, ambos son un oficio como cualquier otro. Como el fontanero, como el ser albañil, mecánico, electricista o lo que sea.
¿Cuál es la función principal del trovador, del juglar? Desde la Edad Media para acá, ha sido básicamente la misma: entretener. No mucho más que eso. Las luces, los decorados, el maquillaje, los grandes sistemas de sonido, etc., etc., son un invento (mas bien una necesidad) posterior. Es decir, el zapatero arregla manualmente los zapatos de uno en uno. El cantautor, pongamos por caso, brinda un espectáculo para una mayor cantidad de gente, que antes pagó una entrada para verlo cantar. Luego, a mayor cantidad de gente asistente, más grande debe ser el sistema de sonido para que esa misma gente lo escuche. Y también el escenario, la parrilla de luces, el monitoreo, los técnicos que trabajan para montar y hacer que todo eso funcione. Aún antes, para que la mayor cantidad de gente posible asista a un concierto, debe invertirse tiempo y dinero (y emplear un montón de energía y personas para ello), en hacer la correspondiente y necesaria difusión de ese espectáculo. Es decir, sin publicidad, nadie iría a verlo o escucharlo cantar.
Pero el inicio de todo es la canción. Antes que los conciertos, que las giras, los viajes en autobús, en tren o en avión, los teatros, los grandes o menores escenarios, y toda la pelota, la esencia de todo es el cantautor, el tipo que escribe las canciones para ese espectáculo. Como en el siglo 15 o 16 ya ocurría con los escritores de obras de teatro, todo partía de la obra en cuestión. O sea, sin guión, no hay obra de teatro, no hay actores, no hay sonido, no hay luces, no hay boleteros, no hay personal de mantenimiento de esos mismos teatros, no hay iluminadores ni electricistas, no hay publicistas, no hay representantes, no hay programas de radio ni de televisión, no hay nada, en suma. La génesis de todo es la obra misma.
Por eso todo empieza (o debería empezar), desde un profundo amor al oficio, ese virus incurable llamado vocación. Nadie puede ser artista sino se tiene vocación genuina para serlo. Ni para ser periodista, o ingeniero, o militar, o zapatero, para seguir con el ejemplo del principio. Si se tiene vocación, uno mismo va encontrando las respuestas para llegar a serlo.
Bueno, se puede estudiar también. Quiero decir, ya hay escuelas para todo: para ser ingeniero, para ser sonidista, para ser músico, para ser productor de espectáculos, periodista, modisto o lo que fuera. Pero si no se tiene madera, sino existe la vocación, seguramente no destacará en absoluto. Quizás hasta logre sobrevivir de su oficio, aunque seguramente de mala manera.
Y, por otro lado, porque volviendo a las causas azarosas que mencionábamos al principio, tener vocación y haberse preparado para ejercer un oficio, no garantiza en absoluto que uno va a poder ganarse la vida con eso que eligió.
Como decía alguna vez Robert Fripp, cuando le preguntaron que consejo le daría a un músico que recién empieza, y el respondió: “en principio, le aconsejaría que no abandonase su trabajo de tiempo completo…”
Mi papá decía “siempre es bueno tener un palenque donde rascarse…”, que viene a ser mas o menos lo mismo. Es decir, si tu oficio, si tu arte, si tu vocación no te alcanza para vivir, siempre es bueno y necesario tener un trabajo anexo que te de para pagar el alquiler, la comida o las cuentas de luz, gas o teléfono.
En los tiempos que corren, lamentablemente, y malformados seguramente por la publicidad (ese invento necesario, como explicábamos, que nació con el principio de los espectáculos pagos), mucha, muchísima, quizás demasiada gente tiene una supuesta vocación artística en la falsa creencia de que así puede ganarse dinero fácil.
Y nada mas errado. Es decir, todo el mundo se entera de cuánta cobró Al Pacino por su última película, pero nadie escribe ni habla ni se entera de los cientos de miles aspirantes a ser Al Pacino, que gastan las tablas de otros tantos teatros, estudios de cine o televisión en USA, por seguir con el ejemplo, y con cuyo trabajo no pueden ni siquiera pagar el alquiler.
Hay que tener algo claro: cuando a un actor le pagan tanto dinero, es porque hay mucho más para repartir. O sea, si hay mucho dinero para producir una película (y con ese dinero pagar a guionistas, actores, técnicos, estudios de cine, etc., etc.,), es porque seguramente esa película recaudará, tras ser exhibida, mucho mas dinero del invertido originalmente en ella. Mas claro échenle agua: nadie hace nada porque sí.
Así que volvamos al principio para seguir ordenados en el concepto: sin buenas canciones, no hay trovador exitoso. Y para escribir buenas canciones, hace falta saber ejecutar un instrumento, escribir melodías medianamente recordables, y letras o poesía para esas canciones con un mínimo de interés, de sentido, digamos. Cosa que se dice fácil pero no es tan así.
Para ejecutar medianamente bien un instrumento, supongamos, el piano o la guitarra, por poner un ejemplo, hacen falta años de estudios, de práctica, de perfeccionamiento. Ni hablar de la voz, que cantar cualquiera canta. Pero hacerlo con cierta gracia, con cierto poder de seducción, de personalidad, eso requiere de otros tantos años. Y así con cada una de las materias necesarias para ser un trovador, un contador de historias con música, que a grandes rasgos podríamos afirmar ya que eso es básicamente de lo que va este oficio.
Me resulta muy curioso, y hasta antipático, justo es reconocerlo, cuando algún colega emite un juicio peyorativo sobre otro compañero exitoso. Suelo acotar: “¿porqué en vez de criticar veladamente su éxito, no analizas en qué acertó él (o ellos) y vos no, como para conseguir el éxito del que disfruta actualmente? ¿Qué tiene de malo que le vaya bien? ¿Qué no te gusta lo que hace? Bueno, a mucha gente pareciera que sí, a juzgar por cómo le va, así que mejor sería que, en vez de criticarlo tanto, te ocupases mas de vos, no?...”
Con lo cual inmediatamente paso a ser yo el antipático, claro, pero no puedo evitarlo. Es como aquella leyenda pintada por un camionero orgulloso de su oficio en la parte posterior de un camión muy nuevo: “Todos me critican el éxito, pero nadie mira cuánto trabajé para llegar acá…”
Y creo que por ahí va la cosa.
La seguimos.
Mario Ojeda, Granada, 15/4/07
prensacenicienta@yahoo.es
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