(Especial para NORTE, por Mario Ojeda desde Granada, España).
Sé que algunos se van a ofender, pero… eh, a ver como lo escribo sin molestar demasiado… Si, con los cantautores me pasa lo mismo que con las pelis porno: una está OK, la segunda más o menos. Y de ahí en adelante, es más de lo mismo. O sea, no es que canten la misma canción: ¡es que repiten hasta los tópicos! La misma forma de sentarse (o pararse, según el caso), las mismas explicaciones antes y después de cada canción (las canciones deberían defenderse solas, muchachos), las mismas armonías, las mismas líneas melódicas, nunca un grito, una puteada, un mandar a cagar a alguien, un algo de sangre, no. Siempre esa cosa medida, prolija, como para no molestar…¿Y el rock’n’roll? ¿No son todos cantautores también? ¿Y la rebeldía? Recuerdo ahora aquella frase de Gene Simmons, creo, el bajista de Kiss: “si el rock empieza a gustar a los padres, pues, ya no es rock’n’roll”. Clarísimo. Y además, creo recordar también, fue el primer manager de los Who el que impuso aquello de “tocar fuerte”, que amplificado ya se tocaba, pero fuerte, como para que los que quieran hablar durante el concierto se vayan a otro lado. No sé, hay tantos bares por ahí donde uno puede sentarse a beber una cerveza o un café y charlar con un amigo, ¿para qué catzo pagas la entrada a un show si vas a hablar durante el mismo? ¿No sería mejor irte a otro lado? ¿Y vos, cantautor? esos gestos… y las explicaciones otra vez… y las dedicatorias… ¿No era tuyo el escenario? ¿No era eso lo que siempre quisiste hacer? ¿Por qué pareciera que tenés que justificarte todo el tiempo? Que muchas cosas de las que hablo en ésta crónica se solucionarían cobrando una entrada lógica, digamos, lo mismo que una entrada a un cine.
O sea, ¿puedes pagar cuatro o cinco mangos para ver la última de King Kong, pero no puedes pagar lo mismo para un concierto de música? ¿A los artistas locales no, pero si viene algún “consagrado de afuera”, por minúscula que sea su fama, vas y pagas 20 mangos como si nada? ¿Y además, te vanaglorias de eso? O sea: “Ya compré las entradas para ver a fulano o zutano…” Pero ¿por qué no se van a cagar? Digo, sin ofender, ya que estamos, ¿no?
Ojo que como digo una cosa, les digo (o escribo) otra, es decir: los egos incontrolados. Tres o cuatro conciertos mas o menos completos de aforo (aunque sea un aforo de 50 personas en un pub cualquiera), y ya están hinchados como globos con gas, yendo raudos hacia el cielo, sin caer en la cuenta de que al poco tiempo el globo se desinfla y empieza a caer. Y, por cierto, ¿vieron que poca gracia tiene un globo desinflado? ¿A quién le ganaste, man? ¿Sabías que los reyes magos son los padres? ¿Seguís esperando que venga un productor, te descubra y te haga famoso en seis meses? ¿Sabes cuánto dura esa fama? ¿No has tomado conciencia aún de que éste es un trabajo como cualquier otro, y que para hacerlo bien, además de tener talento, tenés que trabajar? Que es una cuestión, no de meses, sino de años, y que llega uno cada diez mil, no siempre el que mejor lo hace, que quede claro. O sea, ensayar, preparar el repertorio, aprenderte las letras de memoria (¿vieron cuán feo quedan esos cantautores con las letras delante, tratando de leerlas a pesar de la poca luz, u olvidándose algunas de ellas repetidas veces?), afinar, que también es un detalle importante, o sea, no afinar la guitarra con el afinador electrónico, que eso está bien, está bueno y que en mis tiempos no había, no, digo, afinar, o sea, “hacer coincidir mínimamente lo que estás cantando con la tonalidad del acorde que estás ejecutando”, eso, che, que no es mucho pedir. O llevar tus herramientas, por ejemplo. ¿Se imaginan un fontanero yendo a repararte el calentador en pleno invierno, vos desesperado porque llevas un par de días sin ducharte, y el tipo llega y te dice:”¿no tiene una llave inglesa para prestarme? ¡Pues que no traje la mía!...” Eso, y el cantautor o músico que te pide “prestado un cable para tocar” porque se olvidó el suyo, es mas o menos lo mismo. ¿No te olvidaste la cabeza también, nene? ¿Y para qué la tienes pegada en ese lugar? ¿No fuiste al colegio? ¿Si? ¿Y por qué no entraste?
No sé, a veces me siento como el Quijote peleando contra los molinos de viento, confundiéndolos con gigantes. Entonces recuerdo aquel refrán: “acostarte con chicos es amanecer meado”, y pienso que sí, que soy un boludo, un gilipollas total. Que debería haberme dedicado a otra cosa, aunque supongo que en todos los gremios deben ocurrir cosas similares y que, por otro lado, ha sido esto lo que siempre quise hacer.
Entonces empiezo de nuevo, y vuelvo a escribir crónicas, a editar una revista, a organizar conciertos, a grabar discos, a escribir canciones, a producir, en suma..
Si, al fin y al cabo, como escribió alguna vez Vladimir Nabokov, el autor de “Lolita”: “la vida es sólo un resquicio de luz entre dos profundas oscuridades”. Tremendo.
Hasta la próxima vez.
© Mario Ojeda, Granada, diciembre de 2006
|