Hace tanto tiempo...
Fuenlabrada, a 28 de febrero de 2003
Querida Graciela:
Mañana cuando amanezca se habrán cumplido ya cuatro largos años desde que nos vimos por última vez. Fue un 29 de febrero en aquella maldita sala de los Juzgados de Coruña, aquél fatídico día en el que a García Adarve, a Dolores, y a ti, os dio por intentar fastidiarme la vida, un poco más de lo que por aquellos tiempos la tenía; pero actualmente todo eso está olvidado, perdonado, y zanjado, al menos por mi parte. De esta manera no te escribo con el animo de resucitar rancios fantasmas, ni rememorar tan tenebrosos sinsabores, si no más bien para saludarte una vez más, y en vista de que mi anterior carta no tuvo respuesta alguna por tu parte, poder tener la oportunidad de decirte que aun sigo echándote un poquito de menos. Quién sabe si así, al evocarte en el pasado y en la distancia, sin más pretensiones, me sienta un poco más cerca de permitirme volver a acariciar todos aquellos venturosos momentos que pasamos juntos, y que con perdón, aun me niego a soterrar. Quién sabe si así, al fin logre de esta suerte eludir aquél miedo que ya te detallé en otra carta hoy muy lejana... ¿Te acuerdas? Aquel miedo a no conseguir pasar cerca de tu alma.
Resulta considerablemente embarazoso redactar una carta dirigida a una persona a la que se ha amado tanto, a la que se extraña tanto, y a la que hace tanto tiempo que no se ve; pero esa debe ser mi providencia: luchar hasta la extenuación por aquello que se quiere, perderlo a continuación, y verse más tarde exiliado al acerbo confinamiento del desamor más injusto. No, no quiero ni pretendo ponerme en exceso melodramático, pero es en estos serenos instantes de mi cotidaneidad más aburrida, cuando me resulta crecidamente relajante apagar la luz, encender una vela, y permitir volar en libertad a mis pensamientos que, forzosamente, más tarde o temprano siempre acaban topándose con la luz de tu recuerdo, como lo haría un barco con el centelleo de un esbelto faro más allá de la niebla.
Con todo el tiempo transcurrido aún no se han esfumado mis idealistas sentimientos, aún no se han acabado mis cariñosos deseos. Todavía no se han cumplido mis inaccesibles sueños, pero tampoco aun me he despertado de ellos. Y por supuesto, incluso no he conseguido acostumbrarme a tu letal ausencia en mi forzoso destierro. A veces sigo despertándome en mitad de la noche, con la ridícula sensación de que todo lo ocurrido no haya sido más que una disparatada pesadilla. Me levanto por la mañana suponiendo que tras la ducha y el café me echaré a la calle, y tras el atasco diario, será tu voz la primera que pueda escuchar al llegar a la oficina; pero en el mismo instante en el que me siento al volante de mi coche, comprendo en toda su extensión, y con toda su brutalidad, la evidencia de que esa oficina ya no existe, que el monumental atasco de tráfico no me lleva a ninguna parte, y desde luego, que tu voz ya no está...
Sospecho que podría llegar a ser sobradamente fácil extirparte de mi memoria. Sería muy fácil si es que yo mismo lo desease; pues aunque no sé exactamente el porqué de tan masoquista pretensión, me niego a olvidarte, y olvidar así todo lo que una vez significaste en mi vida. En no pocas ocasiones, cuando todo se obscurece a mi alrededor, ya sea porque cae la noche sobre Madrid, o simplemente por que el frívolo devenir me regale algún azaroso estremecimiento de espíritu, sólo es pensando en ti, cuando vuelvo a recuperar la quietud mínimamente perdida.
No creo que puedas llegar a imaginar cuan duro me sigue resultando, aun hoy, conocer de antemano esa miserable certeza de que jamás volveré a verte, o ha escuchar tu delicada voz hablándome. Saber de antemano que nunca podré volver a contar contigo para que me alientes en mis proyectos, o para que ofrezcas coherencia a mis excentricidades, y lo más doloroso, saber que yo tampoco podré estar ahí para mimarte, darte aliento, o simplemente prestar oídos a tus malos momentos. Y es que precisamente esas cosas, a pesar de otras consideraciones menos elegíacas que también tuvimos, resultan ser lo que más me hechizaba de esa conexión que hubo entre nosotros, durante aquellos casi cuatro años velados de esplendores y umbrías. Saber que estabas ahí, aunque en realidad no llegases nunca a estarlo del todo, fue lo mejor que ocurrió en mi hasta entonces desángelada vida, y el ángel viniste a ponerlo tú, aun hoy, mi ángel sigues siendo tú...
Se me antoja que durante estos años de inclemente alejamiento, quizá haya tenido la oportunidad de hacer un sinfín de cosas que hubiera preferido compartir contigo. Son tantos los cines que me han visto asistir solo a películas que me hubiese gustado ver a tu lado. Son tantas las monumentales fiestas que a la postre se convertían en ciclópeas resacas de hastío, por no tener tu compañía al volver a casa. Son tantos los años consumidos, y tantos son los hechos vividos en los que me faltó sentir el placentero calor de tu mano y de tus gestos, que a veces llego a creer que jamás hayas existido más allá de mi imaginación. He llegado a sentir que tu recuerdo no era más que la reminiscencia de alguna seductora alucinación. He llegado a creer que no eras más que un delicado sueño que se me repetía cada noche, y que al despertar dejaba en mi ánimo ese agridulce sabor de boca que producen los onirismos más placenteros. Y es que haber compartido una parte de mi vida contigo, y de pronto, de la noche a la mañana, ver sanguinariamente mutilado ese mismo fragmento de vida al verme forzado a estar lejos de ti, resulta hoy ser tan absurdo como la desalmada distancia que nos separa; y no me refiero sólo a los 623 kilómetros físicos que substraen tu vida de la mía, si no a todo lo que ello conlleva...
Sabes... Debo ser idiota, pero seis años después, aun consigo evocar con apego hasta el ultimo detalle del día en el que nos conocimos. Recuerdo la fecha, la hora, el lugar, las circunstancias que concurrieron para que llegásemos a vernos, incluso recuerdo la ropa que llevabas, el fresco perfume que desprendía tu cuerpo, o la fascinante timidez con la que tus preciosos ojos apenas me miraron en ese primer contacto. Todos los astros se conjuraron aquél día para que por fin apareciese ante mi el ser más delicioso del planeta, y como no pudo ser de otra forma, creo que en ese preciso y precioso instante me enamoré de ti; pero no fue hasta un mes después de aquello, y al encontrarnos por pura casualidad en la calle camino del trabajo ¿Recuerdas?, cuando realmente comprendí que había quedado prendado de tu candoroso embrujo.
Casi todas las cosas que sobrevinieron a partir de aquél primer día, no fueron más que ayudando al tiempo a reafirmar mis indicios, acerca del supuesto camino que habría de seguir desde de ese instante. Dadas las circunstancias profesionales y personales que oficiaban en tales momentos, no podía, por mucho que yo lo anhelase, y te juro que realmente me moría de ganas por hacerlo, no podía lanzarme a pecho descubierto hacia la desfachatez omnímoda de intentar conquistarte; pero ya desde ese primer minuto supe que ibas a ser la mujer más importante en mi vida, y no quería que cualquier convencionalismo, error, o displicencia por mi parte, arruinase el sueño que tantas veces había tenido: La mujer ideal, y desde que te conocí, supe a ciencia cierta que la mía eras tú. Incluso hoy, y a pesar de todo, aun lo creo...
Cuando por fin todos los componentes de la historia, comenzaron a encajar de una forma más o menos adecuada en los acontecimientos diarios, me sentí por momentos como si no existiese sobre la tierra nadie más bienaventurado que yo. Decidí asumir con todas sus consecuencias la audacia de declararme a ti de una forma temeraria, ocurrente, sincera, clara y concisa. Con luz y taquígrafos para evitar cualquier tipo de malentendido. No encontré entonces otra conspicua forma de hacerlo que durante la ultima semana de tu C.M.I. Estaba resuelto. Era mi ultima oportunidad de abordar ese tren que se podía escapar a toda maquina, a la mínima que yo no me encontrase lo suficientemente despierto, y creo que la maniobra salió bien, o por lo menos eso me pareció en aquellos instantes. La suerte estaba echada. Ahora sólo quedaba esperar para comprobar tus niveles de interés por mi y de compromiso con la aventura que se te proponía. Recuerdo que cuando terminé de soltar aquella parrafada que supuestamente debía dejarte claro mi interés por ti, sentí tanto miedo que mis piernas temblaban sin control. Nunca me arrepentí de aquello, es más, creo que es lo más bonito que jamás haya hecho por conquistar a una mujer; pero hoy ya no sé juzgar si mis palabras y mis actos fueron lo suficientemente atinados y esclarecedores para ti. Tuve dudas. Me asusté. Temía que recibieses todo aquello como el intento del jefe por seducir a la compañera de trabajo; pero te juro que mis intenciones en aquél momento no podían estar más entregadas, si no al sentimiento de ese amor honesto que comenzaba por momentos a cambiarme la vida...
En ese primer delicioso verano, y una vez iniciado el supuesto coqueteo entre ambos, me preguntaste una vez cuáles eran las cosas que más me gustaban de ti... No sé si recordarás ese día... Fue un mágico atardecer mientras caminábamos por una playa desierta de la cual ya no recuerdo el nombre; pero lo que sí recuerdo entre innumerables detalles de aquella tarde, es que llevabas puestos unos pantalones vaqueros de tono rojizo, con unas florecitas pintadas que te encantaban, y que se te rompieron al rozarse con unas rocas en las que nos sentamos a charlar. Pues bien. Aquella tarde, ante la quietud de esa playa, la complicidad de alguna gaviota que traveseaba a nuestro alrededor, y la turbación que creaba en mi conciencia el solo hecho de intuir tus líneas bajo aquél pantalón, recuerdo que para contestar a tan complicada pregunta, de mis labios sólo acertaron a salir unas pocas ambigüedades sin un valor cierto; pero que paradójicamente hoy forman el preámbulo a todo lo que recuerdo de ti, que por ende, resulta ser la respuesta a tu tan miscelánea interrogación.
En otra ocasión, y en la fiesta que Dolores organizó en su casa de Sanxenxo, llegaste a preguntarme también si de verdad te quería o no, y dado que tu tono de voz me resultó sorpresiva y cuantiosamente inopinado, además de que la pregunta se produjo en una conversación de otra suerte, y delante de alguna de tus amigas, no pude contestar como yo hubiera querido.
Hoy sí puedo contestarte. Aunque amparado en la mansedumbre que ofrecen el tiempo y la pérdida, y con la precisa recolección de esa capacidad suficiente para saber reconocerte en la distancia y en el eje de mis desvelos, por fin puedo contestarte sin el más mínimo miedo al error...
Por supuesto que te quería, y seguramente más que a mi propia vida... Incluso en algunas ocasiones me asusto al pensar que aun te quiero lo suficiente como para llorar tu desdén. Por eso escribo esta carta, a la que si pudiera hacerlo, le añadiría una hermosa banda sonora que resaltase cada una de las palabras vertidas en ella, y se me ocurre, así a bote pronto, que la canción “Sin ti no soy nada” de Amaral, encaja a la perfección entre estos tímidos renglones, y podría servirte de prueba sonora para confirmar todo lo que aquí leas, y seas capaz de interpretar entre líneas...
En cuanto al asunto de cuáles cosas me gustaban de ti. Decirte que adoraba tu pelo, endrino como el ámbar negro. Me gustaba tu forma de caminar con pasos frágiles pero constantes y decididos. Me gustaban tu voz y tus gestos, sobre todo ese tan costumbrista de lamiscar con tu lengua, el lugar de la taza por el cual acababas de darle un sorbo al café. Me entusiasmaba oírte hablar de cualquier cosa, por ingenua que esta resultase. Me enamoraban irremediablemente tus maneras a lo “Lolita”, como si cuando Nabokov escribió su novela hubiera estado pensando en ti. Me embriagaban tus continuas preguntas sobre este o aquél tema. Y es que eras tan dulce que uno podía enfermar de hiperglucemia con sólo mirarte; pero sobre todas las cosas, lo que más añoro, lo que consigue al fin terminar de esbozar en mi mente, ese lienzo cuasi perfecto que ante mis ojos formaba tu persona en general, sin duda era, y es: tu cuerpo.
Aun sueño y recuerdo cada centímetro de tu lujuriante piel. Si cierro los ojos todavía casi puedo con total acierto recorrer una a una, mentalmente, todas aquellas curvas que conformaban el mapa de tu talle. Desde tus menudos pies, hasta tu naricilla respingona. Desde tu vientre extraordinariamente terso, hasta tus escuetos pero precisos y ajustados senos, que se coronaban con dos sutiles y sonrosadas guindas, por si solas capaces de ornar tan sublime obra. Tus piernas moldeadas con prolijo misticismo. Tus brazos. Tus manos de inquietos y regordetes dedillos. Tus ojos. Tus suculentos labios. Tu apasionante ombligo. El deleitable y excitante aroma de tu sexualidad... Tu exquisita y azorada desnudez... El deslumbrante disimulo de todo tu cuerpo bajo la tela de raso de aquél pijama que te regalé, y que a los dos tanto nos gustaba. Tu forma de hacer el amor, a medio camino entre la inexperiencia real y la fingida. Todo lo rememoro hoy como la rutina más fantástica y gozosa, que nadie haya podido disfrutar jamás.
Por todos estos intemperantes motivos, y por muchos otros menos procaces, durante todo el tiempo en el que se sostuvieron nuestros vínculos, y aunque tú no lo creas, fuiste esa bocanada de aire fresco y limpio que inundó mi vida, llenando cada uno de mis minutos con una milagrosa y fascinante algazara. Sólo mirarte era para mi como peregrinar a una bendita tierra lejana y bella, en la que mis parvos complejos quedaban olvidados y casi ridiculizados, al mismo tiempo que tu pujanza, tu lozanía, y tu sugerente proceder, me obligaban a esforzarme en ser cada día mejor, ser cada día un poco más merecedor de tu infinita ternura, de tu más ciega confianza, de tu total aquiescencia, y porque no, de tu más inagotable amor...
A veces aun me sorprendo a mi mismo hablándole a alguien de ti, y no creas, no resulta fácil explicarle a quién pueda preguntarme, qué fue realmente lo que pasó entre nosotros, antes, durante, y después de la absurda cruzada que mantuvimos, al finalizar nuestra más o menos rubicunda relación. Es más, si yo mismo me paro a pensar, no sabría convenir a ciencia cierta cuales eran tus sentimientos reales hacia mi. Sigo sin saber si manteníamos una infausta relación de pareja, una tenue relación de amistad, una ardorosa relación sexual, o una extraordinaria relación profesional, por que las cuatro opciones llegaron a convivir de una forma tan estrecha, que a veces resultaba fácil confundirlas. No obstante, por mi parte, cada una de ellas por separado conformaba un colosal puzzle que aunque a veces me sacaba de quicio, en otras muchas y en su conjunto, me transmitían la desmedida fe que siempre he tenido en ti, y la humilde ensoñación de la felicidad.
En ningún tiempo he disfrutado tanto trabajando con alguien, como cuando tú y yo, codo a codo, luchábamos por sacar adelante nuestros objetivos. Jamás he sido más feliz, que cuando sin prisas, saboreábamos nuestros paseos cogidos del brazo, o nuestros respectivos cafés en algún sugestivo bar. Y por supuesto, nunca he sido, ni seré, más dichoso y afortunado que cada una de las veces en las que al despertar, te sentí en la cama junto a mi. ¿Trabajo, amistad, sexo, amor? La verdad es que ya hoy apenas importa responder a esta pregunta. Incluso aunque en este instante todavía tuviésemos capacidad para poder argumentar una u otra alternativa no serviría de nada, ya que lo más importante no está, y esto es nuestra confianza mutua, nuestra lealtad para con el otro, y nuestro día a día.
No quisiera sin embargo que mis palabras te llevasen a componer una idea equivocada de la situación que atravieso al presente. Quizá podría parecer que estoy mortificado, roto, y tal vez humillado en algún escondrijo secreto; pero nada más lejos de la realidad. La verdad es que hoy por hoy por fin me encuentro en uno de mis mejores momentos, tanto a nivel profesional como personal; ahora, no nos engañemos, mi vida afectiva ya no es lo mismo desde que tú no estás aquí para insurreccionar mi lado más pasional. No encuentro ya en el marchito escaparate de mi vida ninguna mujer con capacidad para sustituirte, y lo más irritante no es que no aparezca, si no que no quiero ni deseo suplantarte. Me niego terminantemente a que mi corazón vuelva a abrirse para nadie, que no seas tú...
Nos conocimos en 1996. La ultima vez que nos vimos fue en 2000, y ahora 2003 transcurre inquebrantable. El 20 de julio voy cumplir los treinta y seis, tú cumplirás treinta y dos el 7 de septiembre, aun lo recuerdo con afecto. Supongo que toda esta suma de años nos habrán encarrilado, tanto a ti como a mi, hacia la madurez y la experiencia, y es por eso que de una vez por todas me atrevo a explicar en esta carta cuales son mis evidentes sentimientos hacia ti. Espero y deseo, como siempre lo he hecho, no apesadumbrarte ni con mi sentir, ni con mi forma de explicarlo, no hay nada más lejano a mis verdaderas intenciones. Tan sólo quisiera, si es que todavía pudiera pedirle un deseo a mi hada madrina, gozar de la certitud de que el insondable báratro del olvido no nos va a acabar devorando, y que todo lo mágico que hay en ti, en mi, y que hubo en los dos, se pierda para siempre con un inicuo “hasta nunca” , con un insidioso “hasta siempre”, o simplemente con el desmedido vacío que hoy sufre mi corazón...
La verdad, es que minuto a minuto me voy sintiendo más cómodo ante el teclado del ordenador en el que estoy extractando todos estos pensamientos. Supongo que muchos de ellos ya los conocerías, los intuirías, o quizá los darías por sabidos. Incluso es más que probable que los hayas olvidado ya, en el mismo tiempo y medida que me hayas olvidado a mi; pero necesitaba imperiosamente verter todas mis pesadumbres en un recipiente idóneo, amén de aferrarme a ese eterno clavo ardiendo, y que pueda facilitarme la ultima posibilidad viable, si es que existe, de no perderme en las nauseabundas tinieblas de todo el resto de mi vida sin ti. Por si no ha quedado aun excesivamente claro, no quiero perderte más de lo que ya lo estas para mi vida, y esta carta no deja de ser una mansa y honesta declaración de intenciones, en un denodado y ultimo intento por recuperarte, y recuperar así todo aquello que el tiempo, la distancia, los errores, o las omisiones, no hayan conseguido pudrir aun...
Daría cualquier cosa por que todo entre tú y yo volviese a ser como lo soñé en un primer instante. Me encantaría poder volver a verte. Cruzaría mil y un océanos sólo por poder sentirte a mi lado, aunque fuese durante un breve minuto. Cambiaría casi todos mis errátiles planteamientos acerca de la vida y del amor, en el mismo instante en el que pudiera volver a sentir un beso tuyo. Volvería a creer en Dios, si El consiguiera traerme tu querer. Sería capaz de bajarte la luna si tú me la pidieses, y me ofrecieses a cambio una delicada y sincera caricia. Podría terminar de reconstruir mi nuevo mundo, justo a la mañana siguiente de esa noche en la que hubiésemos vuelto a hacer el amor. Me dejaría matar por despertar ese mismo día antes que tú, y quedarme casi hechizado al contemplarte durante horas mientras duermes serenamente, como ya tuve la oportunidad de hacer en tiempos pasados. Sería un algo casi mágico el poder volver a verme impregnado de tu savia. Sería lo más hermoso del mundo si volvieses a ocupar el centro de mi vida; pero me haría mucho más dichoso, si volvieras a ella para quedarte...
¡Uf...! Esta carta va por momentos tomando unos caminos que me asustan. Y es que son tantas las cosas que aun me haces sentir, que no estoy seguro de poder plasmarlas sin desacierto, y sin llegar a asustarte a ti también. Quizá todo esto ya se encuentra tan fuera de lugar, como intentar atestiguar a estas alturas de nuestra historia, cuan famélico resulta ser ese obstinado fantasma que ansía arrancarme el alma de una dentellada, y aposentar en su lugar la vacuidad más inmunda de tu maldecida ausencia. En este instante sólo se me ocurre compararme con aquél furioso mar, que aparece dantescamente acromegálico ante unos retraídos ojos, y que a fuerza de estrellarse contra las impasibles rocas se convierte en efímera resaca por unos breves instantes, hasta que otra atrevida ola recoge aquella espuma, y vuelve a estrellarla contra el mismo e inalterable arrecife. Y así ola tras ola, hora tras hora, día tras día, vida tras vida...
Como siempre que me empeño por embeberme en estos asuntos de los cuales tú eres el núcleo principal de mi sentir, no sé si al dar por concluida esta carta seré capaz de reunir el coraje suficiente para echarla al correo. Seguramente me llevará semanas de duda entre el quiero, puedo y debo, y el puedo, quiero, pero no me atrevo. Ahora mismo desconozco cual será el dictamen adoptado; pero si estás finalmente leyendo estas torpes palabras, eso significará que mi corazón le ganó la batalla a mi cerebro, o signifique quizá que los dos por fin se han puesto de acuerdo para trabajar juntos en pos de lograr volver a traerte a mi vida. Sólo el tiempo dirá... Al fin y al cabo, y como tú misma escribiste de puño y letra en una pequeña misiva que aun guardo como parte de un preciado tesoro: pase lo que pase, ya siempre seré tuyo...
No obstante, ojalá esa misma vida que hoy nos separa, nos guarde mañana la sorpresa de una nueva partida con cuatro ases escondidos en la manga, y nos conceda otra oportunidad de volver a jugar sin asechanzas. Desearía tener el valor preciso para llamarte. Ojalá sintieras tú la bienquerencia adecuada para poder escribirme. Ojalá nada de lo que pasó antaño hubiese sido real, excepto la milagrosa aventura de haberte conocido...
Para despedirme, y por lo que a mi respecta, decirte que yo te recordaré como hasta hoy lo he lo he hecho. Es de tal manera que por siempre y hasta el ocaso de mis días, persistirás en mi corazón, en mis pensamientos, y en mis sueños, ocupando en ellos el lugar que te corresponde por derecho propio, como la mujer más hermosa, dulce, delicada, exquisita, sensual, y fascinante, que alguna vez haya llegado a recorrer con su encanto, las ya hoy envejecidas y maltrechas orillas de mi alma...
Brindo por ti...
NACHO
|